miércoles, 23 de junio de 2010
EL ROL PARENTAL: Afectividad, autoridad y modelos educativos.
Esta reflexión, implica un análisis detenido de lo que ha sido hasta ahora el rol educativo de los adultos en el seno de la familia y los modelos educativos, todo ello incluido dentro de un amplio marco bicolor: AUTORIDAD-AFECTIVIDAD.
La dualidad afectividad-autoridad
Para poder hablar de los Modelos educativos en las Familias, es necesario tener en cuenta el equilibrio entre la autoridad y la afectividad debiendo ser asumidas de manera clara y equitativa, por ambos progenitores o por quien constituya el grupo de adultos que configuran el núcleo familiar. En este sentido es fundamental, evitar que se establezcan roles que lleven a los menores a creer que uno de los adultos es responsable de aspectos cotidianos y, por tanto, se le atribuye la autoridad y al otro la comprensión, la falta de implicaciones y, por tanto, la afectividad ya que genera actuaciones negativas en los menores a la vez que crea situaciones contradictorias. Ante posibles discrepancias no deberá haber desautorización por parte de ninguno de los dos.
Así pues, no hay ninguna contradicción entre Autoridad y Afectividad debiendo ser asumidas de igual manera por todos los adultos.
Estas consecuencias, serán mucho más eficaces que cualquier castigo no siendo necesario actuar de forma punitiva pero si posibilitar que los menores comprendan qué pasa cuando no se actúa como es necesario, por lo que hay unas consecuencias lógicas de la actuación.
Efectos de los estilos de comportamiento de los padres sobre el desarrollo del niño/a
Hablamos de estilos educativos a la forma de actuar, derivada de unos criterios, y que identifica las respuestas que los adultos dan a los menores ante cualquier situación cotidiana, toma de decisiones o actuaciones. Se habla de estilo por su permanencia y estabilidad en todas las edades aunque, en aspectos concretos, puedan cambiar según la edad. Estos estilos educativos determinaran la identidad del grupo, dándose tanto en la escuela como en la familia o en cualquier grupo que tenga como objetivo la educación.
La identidad de cada estilo vendrá determinada por una forma de interpretar las conductas infantiles, de asumir el rol educativo y, aunque pueda haber algunas variaciones según el momento, no eliminará la prevalencia de los aspectos identificativos de cada estilo (autoridad, afectividad, diálogo o imposición, sobreprotección o exigencia…) en la dinámica y relaciones de los adultos con los menores. (Nardone, Giannotti, & Rocchi, 2003).
LOS HIJOS DE LOS PADRES AUTORITARIOS:
- Tienden a ser obedientes, ordenados, poco agresivos, más tímidos, poco tenaces a la hora de perseguir metas.
- Tienden a tener una pobre interiorización de valores morales, orientándose más a los premios y castigos que hacia el significado intrínseco del comportamiento.
- Manifiestan pocas expresiones de afecto con los iguales, siendo poco espontáneos, llegando incluso a tener problemas en establecer estas relaciones.
- Tienen un “lugar de control” externo, baja autoestima y dependencia.
- Tienden a ser poco alegres, coléricos, aprensivos, infelices, fácilmente irritables, y vulnerables a las tensiones.
LOS HIJOS DE LOS PADRES PERMISIVOS:
- Tienden a tener problemas para controlar sus impulsos, dificultades para asumir responsabilidades.
- Son inmaduros
- Tienen bajos niveles de autoestima
- Tienden a ser más alegres y vitales.
LOS HIJOS DE LOS PADRES DEMOCRÁTICOS:
- Tienden a tener niveles altos de autocontrol y de autoestima.
- Son más capaces de afrontar situaciones nuevas con confianza.
- Son persistentes en las tareas que inician
- Son interactivos y hábiles en las relaciones con los iguales, independientes y cariñosos.
- Suelen tener valores morales interiorizados.
La identidad de cada estilo vendrá determinada por una forma de interpretar las conductas infantiles, de asumir el rol educativo y, aunque pueda haber algunas variaciones según el momento, no eliminará la prevalencia de los aspectos identificativos de cada estilo (autoridad, afectividad, diálogo o imposición, sobreprotección o exigencia…) en la dinámica y relaciones de los adultos con los menores. (Nardone, Giannotti, & Rocchi, 2003).
LOS HIJOS DE LOS PADRES AUTORITARIOS:
- Tienden a ser obedientes, ordenados, poco agresivos, más tímidos, poco tenaces a la hora de perseguir metas.
- Tienden a tener una pobre interiorización de valores morales, orientándose más a los premios y castigos que hacia el significado intrínseco del comportamiento.
- Manifiestan pocas expresiones de afecto con los iguales, siendo poco espontáneos, llegando incluso a tener problemas en establecer estas relaciones.
- Tienen un “lugar de control” externo, baja autoestima y dependencia.
- Tienden a ser poco alegres, coléricos, aprensivos, infelices, fácilmente irritables, y vulnerables a las tensiones.
LOS HIJOS DE LOS PADRES PERMISIVOS:
- Tienden a tener problemas para controlar sus impulsos, dificultades para asumir responsabilidades.
- Son inmaduros
- Tienen bajos niveles de autoestima
- Tienden a ser más alegres y vitales.
LOS HIJOS DE LOS PADRES DEMOCRÁTICOS:
- Tienden a tener niveles altos de autocontrol y de autoestima.
- Son más capaces de afrontar situaciones nuevas con confianza.
- Son persistentes en las tareas que inician
- Son interactivos y hábiles en las relaciones con los iguales, independientes y cariñosos.
- Suelen tener valores morales interiorizados.
Síntesis
La primera decisión que se debería tomar iría encaminada a consensuar el modelo educativo que debe guiar las respuestas familiares y dar coherencia a las actuaciones que se hagan tanto en el seno del grupo familiar como en las relaciones con el centro educativo.
A partir de este acuerdo creemos que, como síntesis podríamos plantear los rasgos más relevantes de lo que debe ser el rol parental:
Las relaciones afectivas entre los adultos y los menores como base de toda la convivencia. Se trata de garantizar que el afecto pueda favorecer la confianza, y mantener la intensidad de las relaciones, por encima de las situaciones conflictivas y las dificultades.
El equilibrio y estabilidad emocional del adulto frente a posibles respuestas.
La tranquilidad, aunque en algún momento pueda ser difícil de mantener, es la clave para que los niños comprendan que los adultos están seguros de lo que exigen y que, a la vez, es inevitable cumplir con las normas propuestas. Por tanto deberán ser el reflejo de la seguridad de los adultos y su credibilidad en las normas. No es necesario responder con agresividad (castigos…) impaciencia (nervios, gritos..) sino con tranquilidad y serenidad.
La constancia y perseverancia en las exigencias y en las propuestas que se hagan será la síntesis para todo aprendizaje especialmente el cotidiano. Las normas son necesarias para el funcionamiento en una comunidad y serán una consecuencia lógica del modelo educativo que se asuma en la familia.
Según las culturas, estilos, puntos de vista pueden haber unas normas u otras pero, en el momento en que un niño o niña vive en una comunidad determinada, es preciso hacerle explicitas las normas que van a regir su vida. Por tanto además de responder a un modelo democrático, responderán al contexto cultural en el que este inmersa la familia aunque no sean las mismas que otros menores con los que convive.
La comunicación. Otro de los aspectos que debe ser clave en este proceso educativo es el lenguaje, entendido como fuente de estructuración del propio pensamiento y de comunicación.
El papel del adulto, en este campo, debería ser de modelo de cómo se establecen las relaciones y se puede comunicar y comprender.
El lenguaje concreta la idea, el sentimiento, lo puede explicitar y, posteriormente comunicar. Por ello será un elemento clave del desarrollo cognitivo y social.
Por tanto se trata desde las primeras edades de hablar, explicar, comentar y favorecer, con las explicaciones y los modelos adultos que haya una comprensión a la vez que se estimule la expresión.
Posibilitar la resolución de las necesidades Ciertamente el aprendizaje de normas, autonomía y del propio proceso evolutivo lleva, en muchos momentos, a situaciones poco adecuadas lo que genera en los adultos reacciones impacientes y a actuaciones que consideran como más eficaces y rápidas que si lo hacen los menores.
Evidentemente es necesario dejar hacer el aprendizaje, aunque comporte más lentitud e inconvenientes porque sin la experiencia no hay aprendizaje.
Tampoco se trata de considerar que hay errores sino de escuchar las explicaciones del porque se ha actuado de una manera determinada, de valorar el proceso seguido y no sólo el resultado. De esta manera se establecerá una confianza en los menores que repercutirá en un mejor proceso madurativo y en la prevención de otras dificultades.
En definitiva la estabilidad, la constancia y la coherencia serán factores altamente determinantes del rol de los adultos.
Para finalizar, podemos concluir manteniendo la obeservación de que la autoridad no es un estatus que se otorga “de facto” a unas personas (padre, madre, maestro,) ni a unos colectivos (profesorado, curas, policía, médicos…) por el sólo hecho de pertenecer a estas categorías. La autoridad es un rol que se ejerce de forma democrática, transparente, basado en la razón, el conocimiento y en la defensa de los derechos individuales y colectivos.
Por tanto el objetivo que se persigue con la autoridad familiar no va encaminado a evitar reacciones o pataletas sino a transmitir un mensaje que pueda ser adecuado a lo largo del proceso educativo
Por ello es imprescindible buscar caminos de diálogo y colaboración entre todos los que comparten la tarea educativa y orientadora a fin de consensuar unas pautas, coordinar recursos y actuaciones encaminadas a orientar el proceso educativo de los menores y ayudar a las familias.
Estos criterios deben ser el referente que constituya una base para actuar ante las diferentes situaciones y necesidades de los menores, siendo clave para este proceso, la responsabilidad y compromiso con el modelo educativo seleccionado por el padre y la madre como eje principal de la actividad familiar.
Es necesario tener en cuenta que estos modelos aquí planteados, no tienen un carácter teórico, sino que, ante todo, debemos ser coherentes y entenderlos como el sustento del rol parental tanto en situaciones de tranquilidad como ante situaciones de frustración o de rebeldía.
Esta coherencia es un factor determinante del equilibrio de los menores y sirve como factor de protección ante las dificultades que puedan presentarse tanto en los aprendizajes como en el proceso de socialización y de adaptación al entorno (Dentro como fuera del núcleo familiar).
También considero sumamente importante, tener en cuenta que si se trata de población con un cierto riesgo académico, y/o de dificultades personales estos criterios son aún más imprescindibles ya que, en muchos casos, la inestabilidad familiar y la inseguridad parentales constituyen otro factor de riesgo mayor en los menores.
A partir de este acuerdo creemos que, como síntesis podríamos plantear los rasgos más relevantes de lo que debe ser el rol parental:
Las relaciones afectivas entre los adultos y los menores como base de toda la convivencia. Se trata de garantizar que el afecto pueda favorecer la confianza, y mantener la intensidad de las relaciones, por encima de las situaciones conflictivas y las dificultades.
El equilibrio y estabilidad emocional del adulto frente a posibles respuestas.
La tranquilidad, aunque en algún momento pueda ser difícil de mantener, es la clave para que los niños comprendan que los adultos están seguros de lo que exigen y que, a la vez, es inevitable cumplir con las normas propuestas. Por tanto deberán ser el reflejo de la seguridad de los adultos y su credibilidad en las normas. No es necesario responder con agresividad (castigos…) impaciencia (nervios, gritos..) sino con tranquilidad y serenidad.
La constancia y perseverancia en las exigencias y en las propuestas que se hagan será la síntesis para todo aprendizaje especialmente el cotidiano. Las normas son necesarias para el funcionamiento en una comunidad y serán una consecuencia lógica del modelo educativo que se asuma en la familia.
Según las culturas, estilos, puntos de vista pueden haber unas normas u otras pero, en el momento en que un niño o niña vive en una comunidad determinada, es preciso hacerle explicitas las normas que van a regir su vida. Por tanto además de responder a un modelo democrático, responderán al contexto cultural en el que este inmersa la familia aunque no sean las mismas que otros menores con los que convive.
La comunicación. Otro de los aspectos que debe ser clave en este proceso educativo es el lenguaje, entendido como fuente de estructuración del propio pensamiento y de comunicación.
El papel del adulto, en este campo, debería ser de modelo de cómo se establecen las relaciones y se puede comunicar y comprender.
El lenguaje concreta la idea, el sentimiento, lo puede explicitar y, posteriormente comunicar. Por ello será un elemento clave del desarrollo cognitivo y social.
Por tanto se trata desde las primeras edades de hablar, explicar, comentar y favorecer, con las explicaciones y los modelos adultos que haya una comprensión a la vez que se estimule la expresión.
Posibilitar la resolución de las necesidades Ciertamente el aprendizaje de normas, autonomía y del propio proceso evolutivo lleva, en muchos momentos, a situaciones poco adecuadas lo que genera en los adultos reacciones impacientes y a actuaciones que consideran como más eficaces y rápidas que si lo hacen los menores.
Evidentemente es necesario dejar hacer el aprendizaje, aunque comporte más lentitud e inconvenientes porque sin la experiencia no hay aprendizaje.
Tampoco se trata de considerar que hay errores sino de escuchar las explicaciones del porque se ha actuado de una manera determinada, de valorar el proceso seguido y no sólo el resultado. De esta manera se establecerá una confianza en los menores que repercutirá en un mejor proceso madurativo y en la prevención de otras dificultades.
En definitiva la estabilidad, la constancia y la coherencia serán factores altamente determinantes del rol de los adultos.
Para finalizar, podemos concluir manteniendo la obeservación de que la autoridad no es un estatus que se otorga “de facto” a unas personas (padre, madre, maestro,) ni a unos colectivos (profesorado, curas, policía, médicos…) por el sólo hecho de pertenecer a estas categorías. La autoridad es un rol que se ejerce de forma democrática, transparente, basado en la razón, el conocimiento y en la defensa de los derechos individuales y colectivos.
Por tanto el objetivo que se persigue con la autoridad familiar no va encaminado a evitar reacciones o pataletas sino a transmitir un mensaje que pueda ser adecuado a lo largo del proceso educativo
Por ello es imprescindible buscar caminos de diálogo y colaboración entre todos los que comparten la tarea educativa y orientadora a fin de consensuar unas pautas, coordinar recursos y actuaciones encaminadas a orientar el proceso educativo de los menores y ayudar a las familias.
Estos criterios deben ser el referente que constituya una base para actuar ante las diferentes situaciones y necesidades de los menores, siendo clave para este proceso, la responsabilidad y compromiso con el modelo educativo seleccionado por el padre y la madre como eje principal de la actividad familiar.
Es necesario tener en cuenta que estos modelos aquí planteados, no tienen un carácter teórico, sino que, ante todo, debemos ser coherentes y entenderlos como el sustento del rol parental tanto en situaciones de tranquilidad como ante situaciones de frustración o de rebeldía.
Esta coherencia es un factor determinante del equilibrio de los menores y sirve como factor de protección ante las dificultades que puedan presentarse tanto en los aprendizajes como en el proceso de socialización y de adaptación al entorno (Dentro como fuera del núcleo familiar).
También considero sumamente importante, tener en cuenta que si se trata de población con un cierto riesgo académico, y/o de dificultades personales estos criterios son aún más imprescindibles ya que, en muchos casos, la inestabilidad familiar y la inseguridad parentales constituyen otro factor de riesgo mayor en los menores.
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